Robaba y extorsionaba, era Policía Municipal de Papantla.

Efraín pudo haberse hecho muy rico robando, extorsionando y violando impúnemente como Policía municipal de Papantla, pero el destino le tenía preparada otra jugada.
Efraín Gutiérrez, mejor conocido como “La Iguana”, era un campesino domiciliado en la comunidad de Carrizalito. Se ganaba la vida cortando naranja. Tenía a su esposa Rosa Isela y a su hijito Marquitos, a quien el pueblo ya lo apodaba “La Iguanita”.
Corría el año 2011, cuando Papantla era gobernado por el alcalde priista Gachupin Cienfuegos.
Fue entonces cuando el destino —o la desgracia— llevó a “La Iguana” a las filas de la Policía Municipal.
En aquel tiempo, para ser policía no se pedía ni la primaria terminada ni controles de confianza. Solo se necesitaba ser un poco desalmado, saber “aguantar vara” y aplicar la ley del silencio: ver, oír, callar y actuar cuando tocaba.

Efraín se acopló rápido y, sin chistar, recibía órdenes de donde vinieran. Al poco tiempo, ya estaba arriba de una patrulla recorriendo las zonas más peligrosas del municipio.
Como él mismo confesaría tiempo después, a bordo de esa unidad, junto a otros uniformados y un mando corrupto, se dedicaron a hacer de las suyas. Robaron y vejaron a cuanto ciudadano tenía la desgracia de crusarce en su camino .
Detenían a borrachos a pie o conductores para extorsionarlos con fuertes sumas de dinero; si el incauto no traía efectivo, lo llevaban directo a una “casa de seguridad” hasta que la familia pagara por su libertad.

En sus rondines nocturnos, tenían como pasatiempo cazar parejitas saliendo de los hoteles. Las extorsionaban con la amenaza de revelar sus infidelidades si no soltaban el dinero.
En más de una ocasión, la patrulla se convirtió en el escenario de violaciones brutales, donde intimidaban a las víctimas asegurando que, si hablaban, le contarían todo a sus esposos.
También atrapaban a delincuentes de verdad, pero nunca los remitían: les quitaban la droga, el dinero, las armas y el botín, para luego dejarlos ir libres.

Así, entre tanta impunidad, se dedicaron por meses al secuestro, el robo a la extorsión y la tortura.
Pero el destino de “La Iguana” ya estaba escrito.
Un día, mientras manejaba una camioneta del Ayuntamiento acompañado de su mujer, venían discutiendo a gritos.

Efraín, se distrajo, hizo una mala maniobra y arrolló a dos jóvenes motociclistas en el crucero de “La Foy”.

El saldo fue terrible: ambos quedaron gravemente heridos y uno de ellos perdió una pierna.
“La Iguana” terminó en el tambo. Su abogado le dijo que necesitaba al menos 300 mil pesos de aquellos años para la reparación del daño.

Desesperado, Efraín le ordenó a Rosa Isela que abriera el colchón donde dormían, porque ahí guardaba su “ahorro”.
La mujer rompió la costura y se topó con la verdad: fajos de billetes, joyas y celulares, todo fruto de las fechorías de su marido.
Entregó casi todo al abogado, quien, por supuesto, se “hizo ojo de hormiga” con la lana.

Efraín pasó más de un año en la cárcel de Papantla, donde vivió un infierno; los mismos presos lo humillaron y abusaron de él en cuanto supieron que era policía municipal. Finalmente, salió libre cuando el seguro de la camioneta cubrió la indemnización de las víctimas.

Regresó a su pueblo sin un peso, sin chamba y sin mujer, pues Rosa Isela ya se había fugado con un petrolero.
Hoy, a “La Iguana” se le ve vagar de aquí para allá, con la mirada perdida, lamentándose y pensando en todo el dinero que pudo haber amasado si hubiera seguido robando y extorsionando como Policía .

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